Medular
Tres décadas en la Academia de San Carlos: entrevista a
EMMA MOLINA
trabajadora del Área de Personal
Por Alejandra Cortés Rodríguez
Ubicada en el corazón del Centro Histórico, la Academia de San Carlos ha visto pasar a más de un centenar de personas por sus salones, patios y galerías.
Quienes actualmente habitan este espacio, mantienen un vínculo con el recinto, el cual ha sido testigo de anécdotas y pensamientos.
El día de hoy entrevistamos a Ema Molina, quien lleva 35 años laborando en la institución. A través de sus palabras, visitaremos exposiciones y asistiremos a eventos que se llevaron a cabo en la Academia durante la década de los noventa; conoceremos a los maestros que impartieron clases en el lugar y atestiguaremos el desarrollo profesional que llevó a Ema a establecerse en el Área de Personal en la actualidad.
La comunidad de San Carlos se compone de académicos, trabajadores de base y alumnos, cada uno de ellos se acercó al recinto de maneras diversas, ¿podría contarnos cómo fue que usted empezó a trabajar aquí?
Por invitación de un familiar llegué a la Academia en 1988 como auxiliar de intendencia. En ese entonces, mi primer hijo tenía a penas cuatro meses, pero desde que él estaba en mi vientre ya traía la torta bajo el brazo, porque para mí fue una bendición tener la oportunidad de trabajar aquí. Yo ingresé como trabajadora sindicalizada y, en un inicio, mis labores eran únicamente las de intendencia, pero al pasar el tiempo, pude prepararme para desarrollar un trabajo más administrativo. He estado en varias áreas: en Curaduría, en Servicios Escolares, en Almacén y ahora en Personal, donde llevo los honorarios de trabajadores y académicos.
Gracias a que la universidad nos otorga cursos de actualización regularmente, tuve la oportunidad de adquirir diversos aprendizajes. Por la época en la que empecé a trabajar aquí, recuerdo que Guadalupe Souza, una de mis compañeras, tomó el curso para reclasificarse como oficial administrativo, hay que tomarlo juntas, mencionó, y yo le dije: si le entro. Fue una experiencia muy agradable: aprendí a escribir a máquina, adquirí la velocidad necesaria para mecanografiar.
Todos esos conocimientos son muy valiosos para mí porque son las bases del trabajo que actualmente ejerzo.
Foto del Archivo de Emma Molina
A lo largo de estos 35 años de trabajo debe haber enfrentado diversos retos, para usted, ¿cuál fue el más complejo y por qué?
Cuando me reclasifiqué de técnico me mandaron al turno de la tarde. Yo no esperaba tener otro hijo tan pronto, pero así sucedió y todo se empezó a complicar porque no había guarderías en horario vespertino: tenía que traer a mi bebé al trabajo…Mis hijos crecieron en la Academia, literalmente, porque al año siguiente tuve a mi última hija y yo seguía en la misma situación. A veces una compañera me ayudaba a cuidarlos, pero no siempre podía contar con eso…Ya después regresé al turno matutino gracias a la empatía de la doctora Alfia Leyva.
Fue un gran alivio porque así podía dejar a mis bebés en la guardería que estaba cerca del Mercado de Granaditas; ese lugar también es parte de los apoyos que nos brinda la universidad, así que yo me iba tranquila al trabajo.
Es un reto especialmente difícil equilibrar la vida laboral sin descuidar a los hijos, y más en una situación como la que nos acaba de describir. Supongo que los tiempos de aslado entre las escuelas de sus niños y la Academia también eran complejos, cuéntenos, ¿cuánto tiempo hacía para llegar hasta San Carlos en los noventa?
En el pasado si era muy pesado venir hasta acá, vivía en el Estado de México y hacía tres horas de ida. Debía levantarme a las cuatro de la mañana para bañar a los niños, pero algunas veces ni así llegábamos a tiempo, porque nos cerraban la primaria a las ocho en punto, después de esa hora no entraba nadie y, qué remedio: me los traía a la Academia. Por eso digo que ellos crecieron aquí, conociendo el edificio, jugando con los hijos de otros compañeros… Esos niños ahora ya son adultos y varios trabajan aquí al igual que mi hijo mayor. La verdad se siente muy bonito, da mucho gusto verlos en este lugar.
Hoy en día es muy sencillo llegar para acá. Ahora vivo a quince minutos de la Academia, casi voy y vengo caminando. En cuanto llego a mi oficina me desconecto de todo para disfrutar mi jornada laboral. Me gusta mucho lo que hago y, estar un lugar como éste, que no solo forma parte de la Historia, si no también parte de mi vida, me hace muy feliz.
Foto del Archivo de Emma Molina
Es gratificante escuchar que se siente ontenta trabajando aquí. Ahora que menciona la Historia, después de tantos años de venir al centro, ¿usted cree que los alrededores de la Academia han cambiado?
Sinceramente, siempre ha sido igual, más que nada por el ambulantaje. Antes estaban sobre la calle de Jesús María, luego les hicieron un mercado por la Alhóndiga, para reubicarlos y que no estorbaran en la avenida, pero aún así ahora se ponen sobre Moneda… Sólo queda sobrellevarlo. Aunque a veces ha habido problemas, algunos compañeros han tenido enfrentamientos e incluso también los académicos han llegado a tener roces con los ambulantes.
Así como recuerda las situaciones con el ambulantaje, ¿podría compartirnos otra anécdota que haya vivido junto a sus compañeros de trabajo? También quisiéramos que nos platicara sobre alguna exposición o evento que la haya sorprendido.
He tenido muchas experiencias con mis compañeros, algunas más agradables que otras. Por ejemplo, por ahí del 93 o el 94, hubo un eclipse solar. Recuerdo que nos subimos a la azotea de la Academia para ver como se obscurecía todo, fue muy impresionante. Además, siempre tengo en mente a mis compañeros jubilados, como Rosita Castellano, Rosita Olivera…De todos ellos aprendí muchas cosas, me dejaron buenas experiencias.
En cuanto a las exposiciones, me gustaban mucho las de talla en madera y las de fotografía que se exhibían en el patio, pero la que más recuerdo es la que el maestro Antonio Salazar curó: era sobre el VIH. Po esos años hablar de esa enfermedad era tabú y los visitantes se sorprendían al observar recetas exhibidas.
Fue muy divertido ver a la gente entrar y salir de las salas e indagar si venían por curiosidad o si sólo querían los condones que regalaban al final.
De los eventos, tengo dos en mente: el primero es el baile de máscaras. Cada año, la persona que vistiera el mejor atuendo, recibía un premio y era nombrado hotentote. Lo interesante es que todos los trajes ganadores se conservaron aquí en la Academia; tiempo después, en el 98 aproximadamente, la doctora Elizabeth Fuentes organizó una exhibición de los ropajes y, en el marco de esa muestra, también se llevó a cabo el baile. Aquella vez, la temática fue de alebrijes. Yo pude ver todo esto porque invitaron al personal en esa edición del evento… No recuerdo si lo hicieron en conmemoración del aniversario de San Carlos o si fue para recaudar fondos que permitieran reparar la Academia, pero fue muy bonito ver los adornos del edificio y los disfraces de los asistentes.
Foto del Archivo de Emma Molina
El otro evento que recuerdo es el desayuno que nos organizaban a fin de año.
En ese entonces, los académicos donaban obra para rifarla y que el personal se llevara arte a su casa. Regularmente este convivio se hacía en la Academia; hubo un año en el que la doctora Vilchis organizó algo en la sección que ahora pertenece a la biblioteca, y otro en el que el personal de base convivió con los académicos en un salón de fiestas…Yo tengo gratos recuerdos con algunos profesores, como Antonio Salazar y Ermilo Castañeda, quien a parte de artista también era médico e impartía la clase de anatomía artística. Yo llevaba a mis hijos al consultorio que tenía por San Cosme. Otra cosa que recuerdo de él, es que cada Navidad nos regalaba un tríptico de estilo religioso y siempre se interesaba por saber de nosotros. Era una persona muy amable.
Otro académico que también me apoyó, fue el doctor Manzano. Cuando él fue el director, me invitó a trabajar en Servicios escolares. En esa etapa conviví mucho con los alumnos; era muy satisfactorio ayudarlos con los trámites de titulación y demás asuntos académicos.
Trabajar en la Academia me cambió la vida, todas las experiencias y las personas que he conocido me convirtieron en quien soy actualmente. Gracias a este lugar, pude superarme en el ámbito profesional y personal: eso me ha hecho sentir una gran satisfacción.
A través de las anécdotas que nos acaba de relatar, tuvimos oportunidad de conocer una parte del pasado de la Academia, lo cual ha sido interesante y agradable. Para concluir, quisiéramos saber, ¿en qué palabra piensa cuando escucha Academia de San Carlos?
Hogar: porque la Academia es mi casa, mi familia, es donde he crecido como persona, como trabajadora e incluso como madre.
Gratitud: por todas las personas y directores que me han dado la oportunidad de seguir colaborando en la Academia, como el maestro Madrid, quien era director de la entonces ENAP cuando yo ingresé…Le agradezco también al doctor José de Santiago, al doctor Eduardo Chávez, a la doctora Elizabeth Fuentes, al doctor Manzano, a la doctora Vilchis…Sólo tengo gratitud hacia este lugar y me da mucho gusto que actualmente esté resurgiendo con eventos y exposiciones, justo como era antes. Espero que continúe así por muchos años más.
A partir de las experiencias, recuerdos e ideas de Ema Molina, fue posible visibilizar el ambiente de solidaridad y empatía que existe en la comunidad de la Academia de San Carlos, lo cual es un aliciente para el desarrollo cultural de alumnos y visitantes.
Foto del Archivo de Emma Molina
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